El libro comienza con potencia pero se te va cayendo de las manos al avanzar en su lectura. Sus tesis centrales, repetidas hasta la saciedad casi en cada capítulo son:
- La izquierda ha abandonado (entregado a la derecha) las grandes aportaciones de la Ilustración (relacionadas o resumidas en el Estado de derecho), entre ellas, la idea de escuela pública. Primero lo criticó como aparato ideológico del Estado (confundiendo Estado y Gobierno) y ahora ha comprado el discurso neoliberal de las competencias, el emprendedor y el discurso positivo de la felicidad. Se reivindica, por tanto, una Ilustración de izquierdas ya que sus grandes logros fueron impedidos o retardados, precisamente, por la burguesía a quien se le ha regalado su autoría.
- Reivindicación del conocimiento, del amor a aprender en sí mismo como motor básico de la escuela. Ello le lleva erróneamente a un auténtico furor contra la pedagogía y los pedagogos que va adquiriendo categoría de obsesión al avanzar en el libro y lo desmerece. Primero porque equivoca el tiro: No hay pedagogización sino psicologización ya que los psicólogos ganaron la batalla de la LOGSE, como se encuentra documentado. Segundo, porque tira al niño al tirar el barreño de agua; que haya mala pedagogía no equivale a abominar de la pedagogía (la obsesión llega a tal calibre que propuso para el programa de Podemos: Ni rastro de pedagogos) y justamente hace falta mucha más pedagogía en la escuela. Tercero, porque la clave de solución que da (dejar a los profesores en paz) parece aludir a un paraíso terrenal perdido por parte de la escuela que, como mínimo, es muy discutible.
Por último, es necesario subrayar la escasa base empírica para muchas afirmaciones contundentes descalificatorias. Da la impresión de hacerse sobre experiencias personales y, en gran parte, universitarias.